sábado, 1 de septiembre de 2007

Se fue la luz

Se fue la luz. Mierda. Ahora me voy a perder este episodio. Bueno, qué más da, ya lo he visto anteriormente. Aunque tengo que reconocer que verlo en la tele en lugar de en el ordenador es más emocionante.

Siempre que se va la luz, me imagino a los que trabajen en los generadores cercanos, afanándose en reparar la avería con nerviosismo y sudor en la frente. Seguramente no será así.

Comí en la terraza del 7º, acompañado por mi hermana. Una vela nos iluminaba. Después, ella se fue, y yo terminé mi cerveza mientras escuchaba Héroes. Este grupo tiene la cualidad de sumergirte más aun en la oscuridad, con ese halo romántico y grave.

Contemplé los edificios, las moles de cemento que se erigían frente a mí. Solo había algunos pequeños puntitos de luz en ellos, el resto del cuadro estaba sumido en la noche. Después se sumaron algunos más, cuando los dueños de los pisos fueron encontrando sus respectivas velas. Los más despistados maldecirían, y se estarían imprecando a sí mismos que ya no se los volvía a olvidar comprar velas. Me reí... Se les volvería a olvidar.

La llama instalada sobre la mesa luchaba por su vida, fugaz pero siempre renaciente, contra el viento. Abajo, fuera de todo misticismo, rodaban algunos coches, con sus faros encendidos para poder discernir vagamente la senda correcta entre tanta negrura. Avanzaban lenta y torpemente, privados de las farolas, como un bebé que da sus primeros pasos, destronada su soberanía por la noche. Qué torpes, era gracioso verlos balbucear sobre el asfalto.

El cielo estaba sin nubes, relativamente limpio. Se veían las estrellas, no muchas; pequeños puntitos de luz que parecían conversar, secretamente, con los otros formados en la Tierra por las velas.

A la izquierda se abría el Mar, profundo, con sus aguas calmadas, acariciando las arenas y las conchas que él mismo gestaba y después escupía. Desvalida la tierra de su sagrada electricidad, éste ganaba en supremacía sobre ella... con sus simples mortales pequeños y desarmados, parecía que iba a ser engullida por el agua, por el dios océano, inmenso, mágico y majestuoso, hipnotizante... el Mar parecía agresivo con el exterior, pese a su gran calma, pero sin duda su interior mima y cuida con recelo sus tesoros, cobijados en su seno.

-Aquí terminas tú-, parecía decirle a la tierra. Provocaba respeto.

La luna brillaba sobre el agua, vertiendo la luz sobre su superficie y haciéndola parte de ella. Como dejando claro que mandaba ella, que era ella quien forma las mareas, que la luna manda sobre el mar. Aunque no lucía llena, radiaba mortecinamente blanca.
Aun así no observaba; más bien era observada, como una princesa guardada con celo hasta que sus encantos afloran y es vista por primera vez como mujer en un baile. Allí estaba, flotando en el éter... danzando... en la eternidad que nos inspiran los cielos y el universo, un círculo blanco en otro océano, el de las constelaciones.

...

Ah... Ya lo creo... La electricidad nos roba muchas cosas...

Entre ellas, a veces, la verdadera vista.

1 comentario:

Skuld dijo...

Genial tio, yo creo que cada vez me gusta mas lo que escribes! te vas a convertir en un escritor destos bohemios ajjaja weno un beso!