Tenía que alcanzar la cima de la colina. Tenía que llegar, como fuera. Ya no importaba matar, asesinar, acribillar a balazos. Había visto cientos de cuerpos mutilados y desgarrados, por la metralla, por las hojas afiladas, por las balas, por el napalm que caía del cielo cada mañana. De hecho, estaba rodeado de cuerpos sin vida.
Ya nada importaba...
Hacía meses que no recibía cartas de su novia. Seguramente le habría dejado por otro, por alguno hippie de pelo largo lleno de piojos, de esos que estaban tan de moda ahora allá en casa. Al principio ella le animaba; poco a poco las cartas empezaron a tardar más y más, y ya, nada. No era el único al que le había pasado, de todas maneras. El bueno de Max no llegó a recibir ninguna carta... -...Esa furcia... -decía a veces en voz baja. Hasta que un jodido vietnamita le voló la tapa de los sesos.
La guerra no era popular en Estados Unidos. La última vez que fue a casa, una muchedumbre melenuda les recibió con abucheos y escupitajos. -¡Volved a Vientam! -decían. -¡Aquí no queremos asesinos!
Unas cuantas chicas preciosas de pelo largo les tiraban huevos.
Él se había enterado de que incluso el presidente Kennedy daba por perdida la guerra, pero como general no quería que sus hombres se enteraran. Sería como una patada en los huevos.
Estaban en el puto infierno.
La jodida colina...
Antes estaba llena de árboles. Ahora no quedaba ni un tronco en pie. Las granadas de mano los tiraban abajo, y el napalm se dedicaba a kemar los troncos y los cadáveres esparcidos. Estaba todo lleno de agujeros y trincheras, por todas partes. Los vietnamitas habían cabado fosos con maderas puntiagudas en el fondo... Al menos era una muerte rápida.
Hacerse con ella era su vida. Ya le daba todo igual, no sabía por quién luchaba, su país los odiaba, nadie quería esta puta tierra llena de junglas y de ríos. No sabía por qué estaba allí. Se alistó buscando la gloria y solo encontró misería y muerte, destrucción inútil; esta guerra no tenía sentido. Así que decidió centrarse en la colina. Después de todo, no podría irse de Vietnam.
Todos hablaban de lo que harían cuando llegaran a casa. Grandes sueños... Recordaba todos los proyectos de sus chicos, aunque estuviesen muertos. Joder... Un cuerpo inmóvil, con una expresión vacía... Antes había estado lleno de ilusiones y de ganas de vivir. Ahora estaba lleno de plomo. Esta puta guerra no servía para nada, sólo para llegar a la colina y para matar o morir en el intento.
Se sentían solos. Subiendo la embarrada pendiente y esquivando los obstáculos, se echó al suelo para cobijarse contra las balas. Los vietnamitas habían construído en lo alto de la colina una trinchera, y, joder, siempre venían más, nunca se acababan... Ellos no pintaban nada allí.
Pero ya quedaba poco... Llegarían a la cima.
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