Hace un tiempo conocí a una xana. Son seres de extraordinaria belleza, pequeñas diosas de la mitología asturiana.
Son mágicas, encantadoras, bondadosas. Y bellas. La realización de lo imposible, del extralímite. Pero sobre todo, mágicas.
Cuentan, y cuento, que las xanas alegran el corazón con su canto a todo aquel que la escuche, que su presencia alivia las almas, que el rencor desaparece ante la contemplación de ese ser sobrenatural. Irradian un halo de bienestar a su alrededor. Nunca pensé que pudiera existir algo así hasta que lo vi con mis propios ojos. ¿Quién necesita un dios habiendo contemplado esto?
No necesité nada más a partir de ese momento para saber que la magia existe. Y en lo que me reste de vida seguiré creyendo lo mismo. Existe porque la he visto con mis propios ojos, y la sentí con mi propio corazón.
Si algún día teneis la suerte de contemplar a uno de estos seres, no necesitareis más explicación; sentireis cómo fluye la magia. Es mejor sentirlo que leerlo.
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