La espalda apoyada contra el montículo, al mirar hacia delante podía ver a sus compañeros subir por la enlodada colina, sorteando cadáveres mutilados de gente conocida. Por esa muerte de la que se alimentaba ahora mismo el fango tenía que llegar arriba y matar a los últimos vietnamitas que quedaban.
Al borde de la enajenación, o quizás demasiado cerca de la realidad como para soportarlo, dio media vuelta y siguió subiendo, los pies resbalando, su arma disparando. Aprovechó un grueso tronco para cobijarse, sacar una granada de mano que había reservado, y lanzarla apuntando hacia la trinchera vietnamita de lo alto de la colina.
Una explosión, miembros mutilados. Más muerte, qué más da; nada importa, sólo la colina.
El silencio se iba adueñando del lugar; los escupitajos de las metralletas cada vez sonaban más aislados. Parece que estaban ganando. Siguió subiendo. En una ocasión resbaló y tuvo que volver a recorrer unos cuantos metros. Ya no quedaba a penas nadie de ningún bando. El silencio sólo era secuestrado por gritos agónicos procedentes de la trinchera coronante y algún disparo aislado.
Al llegar al montículo, esperó a uno de sus compañeros, que llegaba sangrando por un brazo. Este era el momento. Matar o morir. El único ocupante restante estaba sólo. Se le ocurrió una idea al ver el cadáver muerto de un habitante del Vietcong al lado del montículo de sacos. Ordenó a su compañero que lo elevara y lo asomara por un lado, mientras él se dirigía silenciosamente a unos metros.
A una orden, el cadáver asomó por un lado de la trinchera. El vietnamita superviviente en el foso disparó en esa dirección y fue fácil abatirlo.
En ese momento puso observar lo que había dentro del lugar que llevaban varios meses asediando. Más muerte y miseria, ni más ni menos.
Habían coronado la puta montaña. La plaza fuerte era suya. Vidas y vidas había costado, en una lucha que ya no importaba a nadie. Pero la colina era suya, sí...
Y ahora... ¿qué?
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